El corsario rojo
El corsario rojo —Ojos mejores que los que adornan la cara del capitán Bignall se han fijado en él —dijo tranquilamente apartando sus miradas del espejo en que se arreglaba y llevándolas sobre su lugarteniente.
—¡El capitán Bignall! ¿Le conoce?
—Señor Wilder mi situación me impone la obligación de saber muchas cosas que otros hombres desconocen. Nada es más simple y más fácil, por ejemplo, que esta visita que, lo veo en sus ojos, le hace a usted pensar que todo está perdido. Estoy convencido de que ninguno de los oficiales o marineros que están a bordo del Dardo jamás han visto el barco del que me ha placido dar el nombre; ha salido hace demasiado poco tiempo de los astilleros para eso. Además hay pocas probabilidades de que no me reconozcan como si fuera el otro, pues sabe muy bien que han transcurrido algunos años desde que su antiguo barco estuvo en Europa; y con una mirada a estos papeles, podrá ver que soy un mortal con suerte —el hijo de un lord— y que no soy capitán, y podrÃa decir incluso hombre, después de mi partida de Inglaterra.
—Son ciertamente unas circunstancias que le favorecen, y que no habÃa tenido la sagacidad de descubrir; ¿pero por qué se expone a ese peligro, cualquiera que sea?