El corsario rojo
El corsario rojo —¡Dos! Es extraño hallar un sacerdote supernumerario en un barco de guerra. Pero supongo que con su influencia en la corte podrÃa tener un obispo si quisiera —murmuró entre dientes—. Es usted afortunado por ello, muchacho, ya que yo debo al afecto más que a la práctica la compañÃa de éste mi digno amigo. Sin embargo él desea particularmente que incluya en mi invitación a su religioso, o mejor dicho a sus reverendos capellanes.
—Bajo mi palabra, usted tendrá toda la teologÃa que haya en mi barco.
—Creo no haber olvidado nombrar especialmente a su primer lugarteniente.
—¡Oh! ¡Muerto o vivo, ciertamente, formará también parte! —respondió el Corsario con una vivacidad y una vehemencia que hicieron estremecerse de sorpresa a sus dos auditores—. No es el arca que usted precisa para descansar; pero tal como es, está totalmente a su servicio. Y ahora le renuevo mi adiós.