El corsario rojo

El corsario rojo

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El Corsario fue llevado desde el camarote hasta la tilla con grandes reverencias, y con la apariencia al menos de un afecto renaciente. Al llegar al puente, sus ojos siempre en acción, miraban a la ligera, con desconfianza y quizás inquieto, todas las caras reunidas alrededor del pasamanos, por el que iba a abandonar el barco; pero por las expresiones de esos individuos recuperó en seguida la tranquilidad e incluso un poco de orgullo a fin de desempeñar bien su papel en la comedia que le gustaba jugar en ese momento. Apretando entonces con cordialidad la mano del viejo y digno marino que era totalmente su víctima, tocó su sombrero para saludar a los oficiales subalternos, de una forma mitad orgullosa, mitad condescendiente.

Iba a bajar a la chalupa cuando vio al capellán decir de prisa algunas palabras al oído de su capitán. Este se dispuso rápidamente a volver a llamar a su huésped que se iba, y le rogó con seria inquietud le concediera aún un momento de atención especial. Dejándose llevar a parte, el Corsario quedó de pie entre el capellán y el capitán, esperando con sangre fría que en las circunstancias en que se encontraba haría honor a la firmeza de sus nervios.

—Capitán Howard —preguntó Bignall—, ¿tiene usted algún religioso a bordo?

—Tengo dos, señor.


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