El corsario rojo
El corsario rojo —¿No se equivoca, capitán Heidegger?; no crea que un acto de generosidad por su parte pueda cerrarme los ojos sobre lo que exige mi deber. En cuanto llegue a presencia del comandante del barco que acaba de nombrar, comunicaré quién es usted. Y mi brazo no permanecerá ocioso durante el combate que debe producirse. Puedo morir aquÃ, vÃctima de mi misión; pero tan pronto como sea liberado, me convierto en su enemigo.
—¡Wilder! —dijo el Corsario cogiéndole la mano con una sonrisa análoga a la singularidad extraña de ese gesto—, ¡deberÃamos habernos conocido antes! Pero las lamentaciones son inútiles. ¡Márchese! Si los mÃos llegan a conocer la verdad, todas mis advertencias serÃan como palabras pronunciadas en voz baja en medio de un huracán.
—Cuando llegué a bordo del DelfÃn, no venÃa solo.
—¿No es suficiente —dijo el Corsario con frialdad y dando un paso hacia atrás—, que le haya ofrecido la libertad y la vida?
—¿De qué utilidad pueden ser unas desgraciadas mujeres sin fuerzas, sin valor, a bordo de un navÃo dedicado a las aventuras y que busca el DelfÃn?
—¿Y debo verme privado para siempre de toda relación con lo mejor que hay de los seres humanos? Márchese, señor, y déjeme al menos la imagen de la virtud, ya que estoy privado de su esencia.