El corsario rojo

El corsario rojo

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—Capitán Heidegger, en el calor de un sentimiento loable me hizo una promesa en favor de estas dos damas, y espero que le haya salido del corazón.

—Le entiendo, señor; lo que le dije entonces no lo he olvidado, ni lo olvidaré; pero ¿a dónde llevará a sus compañeras?, ¿no están tan seguras aquí como en cualquier otra parte de la superficie de los mares?, ¿debo ser despojado de todos los medios para hacer amigos? Déjeme, señor, márchese: por poco que tarde, la licencia que le doy podría no serle de ninguna utilidad.

—No abandonaré jamás el depósito del que estoy encargado —respondió Wilder con firmeza.

—Señor Wilder, o mejor debería, según creo, decir, lugarteniente Arca —replicó el Corsario—, puede jugar con mis buenas intenciones hasta que sea demasiado tarde para aprovecharse de ellas.

—Haga conmigo lo que quiera: muero en mi puesto, o marcho con aquéllas a las que he acompañado hasta aquí.

—Señor, su amistad con ellas, esa amistad a la que es tan fiel, no es más antigua que la mía. ¿Cómo sabe si ellas prefieren su protección? Me equivoco mucho o he expresado muy mal mis intenciones, tal vez ellas tengan aunque sea una sola queja que hacer desde que me encargué de cuidarlas y protegerlas: Hablad, bellas señoras, ¿a quién queréis por protector?


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