El corsario rojo
El corsario rojo —¡Déjeme!, ¡déjeme! —gritó Gertrudis llenándosele los ojos de terror, como si hubiera evitado la mirada mortuoria de un basilisco, cuando le vio aproximarse con una sonrisa malévola—. ¡Oh!, si su corazón es asequible a la piedad, permÃtanos abandonar su barco.
Una sonrisa glacial y forzada se dibujó en los rasgos del Corsario, y mientras se volvÃa hacia mistress Wyllys, murmuró con una voz que trataba en vano de suavizarse.
—He comprado el odio de todo el género humano, y el precio debe ser pagado muy caro. Señora, usted y su amable pupila son dueñas de sus actos. Este barco, este camarote, están a su disposición; o si por el contrario desean abandonarlo, otros les recibirán.
—Las mujeres no pueden hallarse seguras nada más que bajo la protección bienhechora de las leyes —respondió mistress Wyllys—. Ruego al cielo…
—Basta —dijo el Corsario—, acompañarán a su amigo. Este barco estará tan vacÃo como mi corazón cuando me abandonen ustedes.
—¿Ha llamado, señor? —preguntó una voz suave junto a él, tan dulce y tan quejumbrosa que no podÃa dejar de llegar a sus oÃdos.
—Roderick —respondió deprisa—, tienes trabajo. Déjanos, mi buen Roderick, déjame unos minutos.