El corsario rojo

El corsario rojo

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Como si le urgiera terminar con esta situación lo más rápidamente posible, dio un nuevo golpe de gong, y dio la orden de que bajaran Fid y el negro a una barca a la que hizo llevar también el poco equipaje de las dos damas. Cuando hubieron terminado estos preparativos preliminares, dio la mano a la institutriz con una estudiada cortesía, la llevó a través del puente por entre su asombrada tripulación, y se quedó en la borda del barco hasta que la vio sentarse en la lancha con Gertrudis y Wilder. Dos marineros manejaban los remos, el Corsario dio su adiós en silencio con la mano, y desapareció ante los ojos de aquéllas a las que costaba trabajo creer en su liberación como les había costado creer en su cautividad.

Sin embargo la amenaza de la intervención de la tripulación del Delfín resonaba aún en los oídos de Wilder. Dijo a los marineros que remasen con fuerza, y procuró maniobrar de forma que pudiera poner la barca lo más rápidamente posible fuera del alcance de los cañones de los piratas, al pasar bajo la popa del Delfín vio que se llamaba al Dardo, y la fuerte voz del Corsario atravesó las aguas dirigiéndose al comandante de este última barco.

—Le envío parte de los convidados que usted ha invitado —gritó sarcásticamente—, y además todo lo que tengo de divino en mi barco.


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