El corsario rojo

El corsario rojo

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La travesía fue muy corta, y ninguno de los que habían sido puestos en libertad tuvo tiempo de coordinar las ideas, cuando llegó el momento de subir a bordo del crucero de la corona.

—¡Que el cielo nos proteja! —gritó Bignall al ver a las mujeres en la barca—; ¡que el cielo nos proteja a los dos, padre! ¡Ese joven loco nos envía a bordo una pareja para el baile!, y ¡he ahí lo que el impío llama sus divinidades! Se puede fácilmente adivinar de dónde ha sacado a semejantes criaturas.

La sonrisa graciosa del viejo comandante del Dardo demostraba que estaba medio dispuesto a excusar la presunción audaz de la que creía poder acusar a un oficial de grado inferior, dando de esta forma a todos los que le oían una garantía de que ningún escrúpulo fuera de lugar perjudicaría a la alegre reunión. Pero cuando Gertrudis, con el rostro aún encendido a consecuencia de lo que había sucedido, y resplandeciente por una belleza que hacía subir el encanto de su inocencia, estuvo sobre el puente, el viejo marino se frotó los ojos con una sorpresa que no hubiera podido ser más grande, si uno de los seres celestiales que el Corsario había nombrado cayera del cielo sobre cubierta.


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