El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡El miserable no tiene ni corazón ni alma —gritó el digno marino—; haber pervertido a una criatura tan joven y tan amable! ¡Eh!, ¡por mi vida, aquí también está mi lugarteniente! ¿Qué quiere decir esto, señor Arca? ¿Ha llegado la época de los milagros?

Una exclamación que salió del corazón de la institutriz, y un grito ahogado y lúgubre saliendo de los labios del capellán, para responder, interrumpieron las expresiones de su indignación y de su asombro.

—Capitán Bignall —dijo el capellán señalando a la dama que apenas podía mantenerse y que se apoyaba en el brazo de Wilder—; ¡por mi vida se equivoca usted sobre el carácter de esta dama! ¡Hace más de veinte años que no nos hemos visto; pero puedo garantizar por mi honor que tiene derecho a nuestros respetos!

—Lléveme al camarote —murmuró mistress Wyllys—. Gertrudis, mi querida amiga, ¿dónde estamos? Lléveme a algún lugar apartado.

Se cumplieron sus deseos, y este pequeño grupo desapareció a los ojos de los espectadores que llenaban el puente. Una vez en el camarote, la institutriz se recobró en parte, y sus ojos errantes buscaron el rostro dulce y compasivo del capellán.


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