El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡Es un encuentro muy tardío y muy conmovedor! —dijo ella besando la mano que éste le presentaba—. Gertrudis, ve, en el señor, al sacerdote por el que fui unida en otra época al hombre que fue el orgullo y la dicha de mi existencia.

—No llore su pérdida —dijo el reverendo padre inclinándose sobre su asiento con un interés paternal—; murió pronto, puro murió como todos los que le querían hubieran podido desear.

—¡Y nadie quedó para transcribir a la posteridad su nombre glorioso y el recuerdo de sus cualidades! Dígame, mi buen Merton, ¿la mano de la Providencia no es visible en este juicio? ¿No debo humillarme por ese castigo que bastante he merecido al desobedecer a un padre cariñoso aunque demasiado severo? ¿Y a usted, digno y buen Merton, qué tal le ha ido desde la última vez que nos vimos?

—Tan sólo soy un humilde y pobre pastor de un rebaño poco sumiso —respondió el capellán suspirando—. He recorrido mares lejanos, y he visto en mis viajes muchas cosas nuevas y caracteres que lo eran todavía más para mí. De las Indias orientales he regresado hace poco al hemisferio donde nací, y por autorización de mis superiores he venido a pasar un mes al barco de un antiguo compañero; ya que la amistad que me une al capitán Bignall se remonta aún más atrás que la nuestra.


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