El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡Oh!, ¡no comprendí la nobleza de su alma, y he sido cruelmente castigada por ello! —gritó la viuda—. Dígame, Merton, ¿llegó a saber mi matrimonio antes de morir?

—No, señora. El señor de Lacey murió primero, con la cabeza echada sobre el pecho de su padre que lo había querido siempre como a un hijo.

—Gertrudis —dijo la institutriz como arrepentida—, tan solamente hay paz para nuestro débil sexo en la sumisión; sólo se puede esperar la dicha con la obediencia.

—Todo ha terminado por el momento —dijo Gertrudis llorando—; todo ha terminado y se ha olvidado. Yo soy su niña, su Gertrudis, la criatura que usted ha educado.

—¡Harry Arca! —gritó Bignall después de aclararse la voz por un ejem, ejem, tan fuerte que el ruido se oyó hasta en el puente.





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