El corsario rojo
El corsario rojo —La ley me da derecho a llevar ese nombre —dijo la dama a la que continuaremos llamando con el nombre que se habÃa dado, y apretando contra su pecho con afecto a su pupila desecha en lágrimas—. El velo ha sido desgarrado de manera inesperada, y no trataré de ocultarme más. Mi padre era capitán del barco almirante. La necesidad le obligó a dejarme en la compañÃa de su joven pariente más veces que si lo hubiera hecho previendo las consecuencias. Pero yo conocÃa demasiado bien su pobreza y su orgullo para atreverme a hacerle juez de mi suerte, cuando mi imaginación y mi falta de experiencia me presentaron la alternativa como más temible que su misma cólera. Nos casamos en secreto, y ninguno de nuestros familiares supo de este matrimonio. La muerte…
La voz faltó a la viuda, e hizo señas al capellán, para que continuase el relato.
—El señor de Lacey y su suegro perecieron en la misma acción un mes después de la ceremonia —añadió Merton con voz temblorosa—. Usted incluso, señora, nunca ha sido instruida en los tristes detalles de la muerte de ellos. Yo fui el único testigo, pues estuvieron confiados a mis cuidados en la confusión del combate. Sus sangres se mezclaron, y su padre dio su bendición al joven héroe y no cabe duda de que la daba a su yerno.