El corsario rojo
El corsario rojo —¡Pues bien! —dijo Bignall descontento—, he ahà a su marino cortesano con sus tres velas de gavia desplegadas y también la de mesana, como si hubiera ya olvidado que tiene que cenar conmigo, y que su nombre está escrito al comienzo de la lista de los comandantes y el mÃo al final; pero supongo que le veremos llegar en el momento oportuno, cuando su apetito le recuerde que la hora de cenar ha llegado. PodrÃa también arbolear su pabellón en presencia de un oficial que tiene sobre él el grado de antigüedad; no degradará por eso su nobleza. ¡Por el cielo! Harry Arca, ¡maneja sus vergas a las mil maravillas! Le aseguro que tiene en su borda al hijo de algún hombre valiente que se ha visto frustrado bajo la forma de primer lugarteniente, y le veremos vanagloriarse durante toda la cena, diciéndonos: «¡Cómo mi barco hace esta maniobra!» y «Yo no permito eso en mi barco». ¿No es asÃ? SÃ, sÃ, hay en él oculto un excelente marino.
—Pocas personas conocen mejor nuestra profesión que el capitán de ese barco —respondió Wilder.
—¡Qué demonio! ¿Le ha dado usted algunas lecciones a ese respecto, señor Arca?, ha imitado algunas maniobras del Dardo. Descubro un misterio con la misma rapidez que cualquier otro.
—Le aseguro, capitán Bignall, que serÃa una gran equivocación considerar ignorante a un hombre tan extraordinario.