El corsario rojo

El corsario rojo

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—Si sé distinguir la popa de la proa de un barco, lo que usted dice es cierto —respondió el capitán amargamente—. Escúcheme, señor Arca, me propongo dar una lección a ese presumido sobre el respeto que debe a sus superiores, le dejaré que camine para aguzar el apetito. ¡Por el cielo, que lo haré!, y en sus primeros partes que lo comunique a Inglaterra si quiere. Guarnezcan las vergas de popa, señores, guarnézcanlas. Puesto que ese honorable muchacho quiere divertirse haciendo una regata, no le puede parecer mal que los demás tengamos los mismos gustos.

El lugarteniente de guardia, a quien iba dirigida esta orden, obedeció en seguida, y un minuto después el Dardo empezaba a caminar, pero en dirección opuesta a la que tomaba el Delfín. El viejo estaba satisfecho por la decisión que había tomado, y hacía ver lo contento que estaba de sí mismo por su aspecto de triunfo y de alegría. Estaba muy ocupado en la maniobra que acababa de ordenar para recordar en ese momento lo que había pensado instantes antes, y no reanudó la conversación hasta que los dos navíos tuvieron entre sí un espacio bastante considerable, cada cual navegando continuamente, aunque sin prisa, en sentido opuesto.



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