El corsario rojo
El corsario rojo —¡No diga nada más, mi valiente Harry, no diga nada más! —dijo el comandante—. Incluso yo he experimentado semejantes mortificaciones. Pero nosotros estamos por encima de ellos, señor, muy por encima de ellos y de sus impertinencias. Nadie debe avergonzarse por haber hecho su encargo al igual que usted y yo lo hemos hecho en la calma y la tempestad. ¡Por mil diablos!, Harry, alimenté una semana entera a uno de esos individuos, y cuando me lo encontré por las calles de Londres, le vi volver la cabeza hacia otro lado para mirar una iglesia, para hacer creer a un hombre sencillo que sabÃa por qué hacÃa aquello. No piense más en ello Harry; he sufrido su insolencia aún más que usted, puede estar bien seguro.
—Yo era conocido en ese barco —añadió Wilder sobreponiéndose—, bajo el supuesto nombre con que me hacÃa llamar. Estas damas, compañeras de mi naufragio, no me conocÃan tampoco por otro.
—¡Ah!, era prudente; y después de todo, ese muchacho no tenÃa por qué conocerle. ¡Oh! Fid, sea bienvenido a bordo del Dardo.