El corsario rojo

El corsario rojo

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Las palabras de Wilder, unidas a su aspecto viril y serio, retenían la indignación que se producía en el espíritu del veterano irritable. Escuchó seriamente y con atención el relato que su lugarteniente se apresuró a hacerle con tanta precisión como claridad, y antes de que éste terminase de hablar, comprendía los sentimientos de gratitud y, ciertamente, de generosidad que habían inspirado al joven marino tanta repugnancia para dar a conocer el verdadero carácter de un hombre que se había portado tan lealmente con él. Algunas exclamaciones de sorpresa interrumpieron de tiempo en tiempo la narración; pero en general Bignall reprimió su impaciencia de forma notable para un hombre de su carácter.

—¡Es ciertamente extraordinario! —dijo cuando Wilder hubo terminado su historia—; y es una lástima que tan valiente hombre sea tan gran bribón. Pero a pesar de todo, Harry, no podemos permitir que se nos escape; nuestra lealtad y nuestra religión nos lo prohíben. Hay que virar y darle alcance; y si buenas palabras no le hacen entrar en razón, no veo otro remedio que utilizar la fuerza.

—Creo que con eso cumpliremos con nuestro deber, señor —dijo el muchacho suspirando.


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