El corsario rojo
El corsario rojo —Es un caso de conciencia. Asà que el joven charlatán que me ha enviado a bordo no es capitán, después de todo. Sin embargo tenÃa el aspecto y las maneras de un noble; es imposible equivocarse a este respecto. Creo que debe ser algún joven réprobo de buena familia. Es preciso tratar de ocultar su nombre, señor Arca, a fin de no deshonrar a su familia. Nuestros colonos autócratas, aunque un poco degradados y deteriorados, son sin embargo, todavÃa, los pilares del trono, y no nos conviene permitir a los ojos del pueblo que se den cuenta de su poca solidez.
—El individuo que ha venido al Dardo era el mismo Corsario.
—¡Qué!, ¡el Corsario Rojo en mi barco y en mi propia presencia! —gritó el viejo marino con horror—. Usted quiere, señor, jugar con mi credulidad.
—OlvidarÃa todo lo que le debo a usted, si pudiera permitirme tal atrevimiento. Le juro solemnemente que era el Corsario en persona.
—¡Es inconcebible, extraordinario, milagroso!, su disfraz era perfecto, y debo reconocerlo, ya que ha engañado a tan buen fisonomista. No me ha parecido exagerado su bigote, señor; no he visto que su voz sea brutal; no me he dado cuenta de ninguna de esas deformidades monstruosas que le caracterizan, según he oÃdo decir de él.