El corsario rojo
El corsario rojo —Es que eso son sólo exageraciones que se le atribuyen por rumores populares, señor. Con respecto a los vicios, mucho me temo que los más grandes y más peligrosos estén frecuentemente ocultos por la más agradable apariencia.
—Pero si ni siquiera es un hombre muy alto, señor.
—Su cuerpo no es grande, pero encierra el alma de un gigante.
—¿Y cree usted, señor Arca, que haya sido ese navÃo contra el que luchamos en el equinoccio de marzo?
—Ciertamente.
—Escuche, Harry, en consideración a usted obraré generosamente con el bribón. Antes se me ha escapado, por culpa de la caÃda del mastelero de gavia y del mal tiempo, pero hoy tenemos el mar muy tranquilo y una buena brisa que puede ayudarnos. El barco será mÃo cuando quiera, ya que no parece tener intención seria de huir.
—Temo que no la tenga —dijo Wilder descubriendo sus pensamientos por sus palabras, sin darse cuenta de ello.