El corsario rojo
El corsario rojo —No puede luchar con nosotros pensando que va a salir victorioso; y como parece ser un individuo muy distinto de como yo lo suponÃa, trataremos de hacer una negociación. ¿Se encargará usted de llevarle mis proposiciones? Sin embargo podrÃa arrepentirse de su generosidad, y en ese caso se expondrÃa usted a…
—Garantizo su buena fe —dijo Wilder con vivacidad—. Haga disparar un cañonazo a favor del viento. Piense, señor, que todas nuestras señales deben ser pacÃficas. Haga enarbolar en el palo mayor un pabellón parlamentario, y me expondré a todos los peligros para llevarle a la sociedad.
—¡Por el cielo!, eso serÃa al menos actuar como cristianos —dijo el comandante después de unos instantes de reflexión—, y aunque nuestro éxito pudiese hacernos perder los honores de la caballerÃa en este mundo, obtendremos con toda seguridad un camarote mejor allá en lo alto.