El corsario rojo
El corsario rojo —No hago más que repetir las de mi superior. En cuanto a usted personalmente, le promete, por otra parte, utilizar todo su crédito para obtenerle el perdón total, con la condición de que abandonará el mar y que renuncie para siempre al nombre de inglés.
—Esta última condición es fácil de cumplir; ¿pero puedo saber por qué razón se muestra tan indulgente con un hombre cuyo nombre ha sido proscrito hace ya mucho tiempo?
—El capitán Bignall se ha enterado de la forma generosa con que usted ha tratado a uno de sus oficiales, y la delicadeza de su proceder con respecto a la viuda y a la hija de dos de sus antiguos hermanos de armas; y está de acuerdo en que lo que cuenta la gente, no hace justicia totalmente a su persona.
—Y no tiene otro motivo que su voluntad para que yo me decida a cambiar de una forma tan radical todas mis costumbres; para que abandone el mar que ha llegado a ser para mà tan necesario como el aire que respiro.
—Hay otros. Sus poderes, que usted es libre de examinar con sus propios ojos, si lo desea; debe convencerse de que toda resistencia serÃa inútil, y usted decidirá, por lo que él cree, aceptar sus ofertas.
—¿Y cuál es la opinión de usted? —preguntó el Corsario con una expresiva sonrisa, y con gran énfasis, avanzando la mano para coger lo que le era ofrecido.