El corsario rojo
El corsario rojo —Y para ningún otro más. Nosotros no estamos solos capitán Heidegger.
—No preste atención a este niño; es sordo cuando yo quiero.
—DesearÃa comunicar solamente a usted las ofertas que tengo que hacerle.
—Le digo que Roderick no oye más que ese mástil —replicó el Corsario con calma, pero con tono decidido.
—Es preciso pues que hable, a pesar de todo. El comandante de ese barco, portador de una misión de Su Majestad Jorge II, nuestro dueño, me ha ordenado someter a sus reflexiones las proposiciones siguientes: bajo la condición de que le entregue usted este barco con todos sus aprovisionamientos, toda su artillerÃa y todas sus municiones, sin que se estropee nada, se contentará con tomar como rehenes a diez hombres de su tripulación sacados a suerte, usted y uno de sus oficiales; pondrá a los demás al servicio de Su Majestad, o les permitirá dispersarse para que se dediquen a un trabajo más honorable, y menos peligroso.
—¡Es una generosidad de prÃncipe! ¡DeberÃa arrodillarme y besar con la boca ante el que pronuncia tales palabras de merced!