El corsario rojo

El corsario rojo

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Las miradas feroces y amenazadoras que Wilder encontró desde el momento en que puso los pies sobre el puente, fueron la causa de que se detuviera un instante; pero la presencia del Corsario de pie en el castillo de popa, con el aspecto imponente de autoridad que le era tan peculiar, le animó a continuar su marcha, después de un instante de indecisión demasiado corto para ser notado. Iba a abrir la boca cuando un signo del Corsario le hizo guardar silencio hasta que estuvieron en el camarote.

—Corren sospechas entre mi gente, señor Arca —dijo el Corsario cuando llegaron, remarcando notablemente el nombre que le daba—. Estas sospechas se propagan entre ellos, aunque apenas saben aún lo que deben creer. Las maniobras de nuestros dos barcos no son muy corrientes que se hagan; y las voces no faltan para cuchichear a los oídos de los demás cosas que no son favorables para los intereses de usted. Ha sido un error, señor, el que haya vuelto aquí.

—He venido por orden de mi comandante, y bajo la protección de un pabellón parlamentario.

—Nosotros no entramos fácilmente en razonamientos sobre las distinciones legales del mundo, y podríamos equivocarnos en cuanto a los privilegios del nuevo carácter bajo el cual llega usted. Pero —añadió él en seguida dignamente—, si es portador de un mensaje ¿puedo presumir que es para mí?


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