El corsario rojo
El corsario rojo Entrando en la sala de espera de este cabaret, pues así se le llamaba, aunque posiblemente en la madre patria sus pretensiones se verían limitadas al humilde nombre de taberna, encontró la habitación hospitalaria provista de los utensilios de costumbre. La llegada de un huésped que por su aspecto y su indumentaria parecía muy superior a los que habitualmente frecuentaban la casa causó una ligera inquietud; pero esta alteración cesó cuando el extranjero se sentó y dijo al posadero lo que quería. Él, atendiéndole, creyó que debía excusarse tanto por las cosas que había en la sala de espera, como por la manera en que un individuo situado al extremo de la larga y estrecha sala no sólo acaparaba la conversación sino que incluso parecía obligar a todos los que le rodeaban a escuchar sus relatos sobre alguna historia sorprendente.
—Es el contramaestre del negrero que está en la bahía exterior, señor —dijo el digno alumno de Baco—, un hombre que ha pasado en el agua más de un día, y que ha visto cosas maravillosas, las suficientes para escribir un libro. Se le llama el viejo Boree, aunque su nombre legítimo es Jack Nightingale.