El corsario rojo
El corsario rojo —Y la gracia será concedida para los que la merezcan: quisiera que todos pudieran hallarse comprendidos en esta promesa.
La voz del Corsario era solemne, y parecÃa expresarse con ella mejor que con el sentido literal de las palabras. Wilder hubiera podido reflexionar mucho tiempo sobre esta respuesta equÃvoca sin llegar a comprenderla, si la proximidad de parte de la tripulación enemiga, en la que reconoció al momento a los amotinados que más habÃan destacado en la rebelión de la que fue vÃctima a bordo del DelfÃn, no le hubiese explicado tal vez demasiado claramente lo que su jefe habÃa querido dar a entender.
—¡Reclamamos la ejecución de nuestros antiguos compañeros!, —dijo el jefe del grupo dirigiéndose a su capitán con un tono fiero y decidido que no sólo el ardor del combate podÃa explicar, sino excusar totalmente.
—¿Qué queréis?
—¡La vida de los traidores! —fue la lúgubre respuesta.
—Conocéis los reglamentos de nuestra profesión. Si están en nuestro poder, que sufran su suerte. Os comprendo. ¡Asà sea, están a vuestra merced!