El corsario rojo

El corsario rojo

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A pesar de los horrores de lo que acababa de ocurrir, a pesar del estado de exaltación y de efervescencia que había mantenido durante el combate, el tono grave y solemne con que su juicio pronunció una sentencia que le llevaba a una muerte violenta e ignominiosa, hizo temblar a nuestro aventurero hasta el extremo de volverle casi insensible. Toda su sangre se heló en sus venas, y la impresión que notó trastornó su razón; pero esto fue cosa de un segundo, y pasada la sacudida, se mostró tan orgulloso, tan intrépido como nunca, no dejando que se le escapase ningún síntoma de debilidad que las miradas de los hombres pudiesen descubrir.

—Para mí no pido nada —dijo con admirable firmeza—; sé que sus leyes, esas leyes que ha hecho usted mismo, me condenan a un terrible fin; pero para mis compañeros que han obrado por ignorancia, y que su único delito ha sido que me han permanecido fieles, pido, ¿qué digo?, imploro su perdón: ellos no sabían lo que hacían, y…

—¡Hable a esos hombres! —dijo el Corsario señalando con el dedo sin mirar hacia el grupo insociable que le rodeaba—. Ellos son vuestros jueces; es a ellos a quienes ha de hablar.

Un malestar violento y casi insuperable se manifestó en los modales de Wilder; pero sobreponiéndose a sí mismo, se dominó, y dirigiéndose hacia la tripulación:


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