El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡Por el cielo!, ¡si una mirada, un gesto demasiado injurioso se le hace a un prisionero en este barco, el culpable tendrá que afrontar mi cólera! Alejaos, os lo ordeno, haced paso al capellán.

Las manos que fueron atrevidamente levantadas bajaron al instante, las bocas profanas se cerraron, dejando al santo ministro, objeto de sus burlas y de sus injurias, aproximarse lentamente al funesto lugar.

—Veamos —dijo el Corsario con voz más tranquila, pero siempre imperiosa—; usted es ministro de Dios, y su obligación es la caridad: si tiene consuelos que puedan mitigar los últimos momentos de sus semejantes, prodigúeselos a éstos.

—¿Qué crimen han cometido? —preguntó el pastor cuando le dejaron hablar.

—¿Qué importa? Le basta con saber que les ha llegado su hora.

—¿Su suerte es irrevocable?

—¡Sí!

—¿Quién lo ha dicho? —preguntó una voz suave, que, al golpear el oído del Corsario, pareció producir un escalofrío mortal hasta en lo más profundo de su ser. Pero este temblor de debilidad cesó con la sorpresa que le ocasionó, y respondió con calma y casi al mismo instante:

—¡La ley!


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