El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡La ley! —repitió la institutriz—. ¿Cómo aquellos que lo trastornan todo, que menosprecian todas las instituciones de los hombres, pueden hablar de ley? Diga, si quiere, que es una implacable, una terrible venganza, pero no profane el buen nombre de la ley. Me asombro por lo que me atrae: se me ha hablado del horrible espectáculo que se prepara y vengo a ofrecerle el rescate de los culpables. Fíjelo usted mismo; que sea digno del que rescatamos. Un padre agradecido daría con agrado toda su fortuna si con ello salva a su hijo.

—Si el oro puede rescatar su vida —interrumpió el Corsario con la rapidez del pensamiento—, aquí hay un montón y dispuesto para entregarlo. ¿Qué dicen mis gentes?, ¿quieren aceptar un rescate?

Una corta pausa siguió; después un murmullo bajo y siniestro se elevó en la multitud, indicando el disgusto que se experimentaba a renunciar a la venganza. El Corsario dirigió una mirada despectiva a los rostros atroces que le rodeaban, sus labios se apretaron fuertemente, pero como si desdeñara interponerse por más tiempo, no dijo nada; después se volvió hacia el pastor, y dijo con la sangre fría asombrosa que le caracterizaba:

—No olvide sus santas funciones: el tiempo es precioso.


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