El corsario rojo

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En medio de un profundo silencio, casi sorprendente, el capellán se aproximó a los dos marineros. La poca importancia que se les dio hasta entonces era debida a que no habían sido observados durante la mayor parte de los acontecimientos precedentes, y cambios materiales se habían efectuado, sin que se les prestara atención, en sus respectivas posiciones. Fid estaba sentado en el puente, con el cuello desabrochado, y rodeado por la cuerda fatal, sostenía la cabeza del negro casi insensible que puso sobre sus rodillas con ternura y cuidado muy especiales.

—Este hombre por lo menos engañará la malicia de sus enemigos —dijo el pastor cogiendo la mano áspera del negro entre las suyas—. Su fin está próximo. ¿He de ofrecer una plegaria para la salvación de su alma que se va a marchar?

—Yo no sé, yo no sé —respondió Fid, tragándose sus palabras y pronunciando un «¡ejem!» sonoro y vigoroso, como en los mejores días de su juventud—. Cuando le queda tan poco tiempo a un pobre diablo para decir lo que encierra en su corazón, lo mejor es seguramente dejarle hablar, si le es posible. Podría recordar alguna cosa que sería fácil de decir a sus amigos de África; en ese caso habría que buscar al mensajero apropiado. ¡Ah!, ¿qué deseas, mi valiente?, si quieres puedes exponer algunos de tus pensamientos.


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