El corsario rojo
El corsario rojo —Maestro Fid, tomar el collar —dijo el negro esforzándose por articular las palabras.
—SÃ, sÃ, —dijo Richard aclarándose nuevamente la garganta, y mirando fieramente a derecha y a izquierda, como si buscara algún objeto con el que pudiera realizar su venganza—. SÃ, sÃ, Guinea, puedes estar tranquilo sobre ese particular, y, además, también por todas las otras cosas.
El negro se esforzaba inútilmente para levantarse, y su mano buscaba la de su compañero, mientras que decÃa:
—¡Señor Fid pedir perdón para pobre negro! Señor del cielo perdonar todo, señor Richard; no pensar en nada más.
—Si es como dices, eso será lo que yo llamo una cosa maravillosamente generosa —respondió Richard cuya conciencia y sentimientos se hallaban agitados de forma que no era corriente en él—. Está el asunto de haberme sacado tan valientemente del fondo del agua, que jamás ha sido tratado por nosotros; y un montón de otros pequeños servicios por el mismo estilo, mira, no me molesta el agradecértelo durante el tiempo que nos quede de vida todavÃa. ¿Pues, quién sabe si nuestros nombres estarán escritos en los registros del mismo barco?