El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡Silencio! —dijo Wilder—, el negro quiere hablarme. Escipión había vuelto los ojos hacia su oficial, y hacía de nuevo un débil esfuerzo para extender la mano. Wilder le acercó la suya, el negro la llevó a sus labios, después se puso rígido y por un movimiento convulsivo, ese brazo de Hércules que utilizó tan recientemente y con tan buenos resultados para la defensa de su patrón, pronto cayó pesadamente, aunque su mirada buscaba aún el rostro del que él había amado durante tanto tiempo, y que, en medio de todos sus sufrimientos, no le había negado nunca una mirada de afecto o de compasión. Apagados murmullos siguieron a esta escena, después lamentos menos disimulados, hasta que varios expresaron en voz alta su disgusto por que se aplazaba la venganza tanto tiempo.

—Es menester acabar con ellos —gritó una voz de malvado presagio—. ¡Al mar el cadáver, y a la verga con el que aún está vivo!

—Ciertamente —gritó Fid con voz tan enérgica como la más audaz de aquella multitud en esos momentos—; ¿quién se atrevería a arrojar un marino al mar antes de que sean cerrados sus ojos, cuando sus últimas palabras aún resuenan en los oídos de sus compañeros? ¡Ah! ¡Creéis sujetarnos tan fácilmente, sois unos torpes desmañados! ¡Tomad, esto para vuestros nudos y para vuestras cuerdas al mismo tiempo!


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