El corsario rojo

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—Así pues, la tierra estaba aquí, y como decía antes, el viento venía de allí, del sudeste, y quizá del sur-sudeste, soplaba como si estuviera furioso, y agitaba las velas contra las cuerdas y las palanquetas, al igual que si la tela no costara más que el Dios os bendiga de un rico. No me gustaba el cariz del tiempo, en vista de que era demasiado inestable como para hacer tranquilamente la guardia. Me dirigí, pues, hacia popa para dar mi opinión por si se me hacía el honor de quererla conocer. No llevaba allí mucho tiempo cuando todo pasó tal como yo lo había previsto. «Señor Nightingale», dijo el capitán, —pues el capitán es un hombre que tiene la costumbre de no olvidar jamás el trato social cuando está en el puente o cuando habla a alguno de la tripulación—; «Señor Nightingale», dijo, «¿qué piensa usted de ese guiñapo de nubes, allí abajo al nordeste?», dijo. «A fe mía, capitán», dije yo resueltamente, «mi opinión es plegar los tres masteleros y cargar las velas. No debemos apresurarnos ya que Guinea estará mañana en el mismo sitio en que hoy está. Hay que evitar que el buque ande dando vueltas en medio de estas borrascas, tenemos la gran vela…».

—Debería haberla plegado igualmente —gritó una voz por detrás, cuyo sonido era también perentorio, aunque un poco menos grave, que la del elocuente contramaestre.


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