El corsario rojo
El corsario rojo Durante aquel tiempo fue imposible discernir dónde estaba la discusión, tan grande era la confusión de lenguas; y algunos síntomas incluso parecían anunciar que Fid y el contramaestre estaban bastante dispuestos a llegar a una forma más eficaz de despachar el altercado. Fid se colocó frente a su gigantesco adversario y se preparó el que nunca había cedido. Gestos enérgicos se sucedían era la fuerza de cuatro brazos de atletas, anudados como garrote de roble, en los cuales, músculos y venas sobresalían de tal manera que amenazaban aniquilar a todo el que intentara resistírseles. Pero a medida que los murmullos generales se iban calmando, las voces de los dos cabecillas comenzaron a oírse; y como si no desearan otra cosa uno y otro que confiar el sentido de su defensa al vigor de sus pulmones, fueron abandonando gradualmente su actitud hostil, y empezaron a dar muestras de elocuencia.
—Es usted un marino famoso, compañero —dijo Nightingale volviendo a ocupar su sitio—, y si de palabras dependieran los hechos, no cabe la menor duda de que usted haría hablar a un barco. Pero yo, que he visto flotas compuestas de barcos de dos y tres puentes, y esto en todas las naciones, cubrirse tan tranquilas como gaviotas, con los masteleros cargados, sé, creo, cómo hay que ingeniárselas en semejante caso.