El corsario rojo

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—Y yo digo que se debe hacer uso de las velas traseras —replicó Dick—. Emplee las velas de ésta y, si ese es su gusto, puede que no le resulte mal; pero nunca un buen marino recibiría un viento de tanta fuerza entre el palo mayor y los obenques delanteros, si esperara buen resultado de su proceder; pero las palabras son como el rayo, que hace mucho ruido en lo alto sin descender por la palanqueta, al menos por lo que yo he visto; así pues, tomemos por juez a alguien que haya estado en el mar y que conozca la maniobra.

—Si el más anciano almirante de la flota de Su Majestad estuviera aquí, no tardaría en decir quién tiene razón. Escuchad, cama-radas: si hay entre vosotros alguno que haya recibido una buena instrucción acerca del mar, que hable, a fin de que la verdad en este incidente no permanezca oculta.

—¡Pardiez!, aquí está ese hombre —gritó Fid y, extendiendo el brazo, cogió a Escipión por el cuello, y sin ceremonias le llevó en medio del círculo que se había formado alrededor de los dos antagonistas—. Es éste un hombre que ha hecho un viaje de más de un mes desde aquí hasta África; él nació allí. Veamos, negrito, ¿bajo qué velas te cubrirías en las costas de tu país natal, si temieras que se produjese un aguacero?

—Yo no cubrir en absoluto —dijo el negro—; hacer huir barco muy, muy velozmente, ante el viento.


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