El corsario rojo
El corsario rojo —Las ratas no han abandonado aún este viejo molino —respondió frÃamente el aya.
—¡El molino!, querida mistress Wyllys; ¿persiste usted en considerar a estas pintorescas ruinas un molino?
—Sé lo poco de acuerdo que está este nombre con los encantos que encierra, sobre todo para ojos de dieciocho años, pero en conciencia, no puedo darle otro nombre.
—Las ruinas no son muy abundantes en este paÃs, querida aya —respondió Gertrudis riendo—, y merecen nuestra veneración.
—Sean lo que tú quieras, hace mucho tiempo que están en este lugar y por lo que parece aún les queda para largo de estar aquÃ, lo que es mucho más de cuanto podemos decir acerca de nuestra prisión, como llamas a ese hermoso barco a bordo del cual hemos de embarcar… Pero, señora, si mis ojos no me mienten, veo que los mástiles se mueven lentamente y dejan atrás las chimeneas del pueblo.
—Tienes razón, Wyllys; los marineros dan la vuelta al barco para poder navegar, levarán las anclas cuando todo esté preparado para plegar las velas, a fin de partir mar adentro por la mañana. Es una maniobra que se hace frecuentemente y que el almirante me ha explicado tan claramente que me serÃa muy fácil dirigirla si ello correspondiera a mi sexo y posición.