El corsario rojo
El corsario rojo —Nunca —respondió la viuda con prontitud e incluso en un tono más bien seco—. El mar perjudicaba mi salud y siempre he viajado por tierra. ¡Pero nosotras, mujeres de marinos, somos las únicas de nuestro sexo que podemos vanagloriarnos de conocer verdaderamente tan noble profesión! ¿Qué hay o qué puede haber más hermoso —dijo la viuda con un gesto de entusiasmo naval—, que un soberbio barco rompiendo una ola furiosa, como le he oÃdo decir mil veces al almirante, su espolón dividiendo el oleaje y su tajanar deslizándose a continuación como una sinuosa serpiente que se alarga sobre sus propios pliegues? Yo no sé, mi querida Wyllys, si me explico bien; pero para mÃ, que todos estos efectos me son tan familiares, esta encantadora descripción evoca todo lo más bello y sublime que pueda existir.
La ligera sonrisa que arrugó la frente del aya, habrÃa podido reflejar la secreta meditación que se hacÃa: el difunto almirante debió tener un espÃritu pÃcaro y bromista. En este instante un ligero ruido parecido al murmullo del viento, pero que en realidad no era otro que unas carcajadas reprimidas, salió de la parte superior de la torre. Las palabras «es encantador» iban a salir de los labios de la joven Gertrudis que sabÃa captar la belleza de los pequeños detalles; pero de pronto le faltó la voz y su actitud anunciaba una atención profundamente excitada.
—¿No habéis oÃdo nada? —preguntó.