El corsario rojo
El corsario rojo —Este terrible Puerto del Infierno, con sus bancos de arena y sus escollos por una parte y por otra la corriente llamada Del Remolino —dijo Gertrudis, llevada de ese terror tan propio de las mujeres, que produce a veces una ingenuidad atrayente cuando aparece acompañada de juventud y belleza—. Sin este Puerto del Infierno, estas tempestades, estos escollos y estos remolinos de agua, yo no pensarÃa en otra cosa sino en el placer de volver a ver a mi padre.
—Si existieran realmente tantos peligros como te imaginas, el viaje no se harÃa todos los dÃas, y más aún a cada hora, sin el menor accidente. ¿Usted, señora, habrá venido, sin duda, más de una vez por mar desde Carolina con el almirante De Lacey, verdad?