El corsario rojo
El corsario rojo Acabadas estas observaciones, mistress De Lacey, que tenía un buen corazón, aunque quizá tuviera demasiado amor propio, echó una mirada a aquella que era el tesoro al cual acababa de hacer alusión. Gertrudis se había alejado, como solía hacer siempre que su tía contaba al aya algún recuerdo de familia, y notaba en la dulce influencia de la brisa del atardecer su rostro animado por colores que revelaban aún en aquel momento un poco de confusión. Cuando mistress De Lacey acabó de hablar, su sobrina se volvió rápidamente hacia sus compañeras, y señalando con el dedo un barco de hermosa apariencia que estaba anclado en el puerto, y cuyos mástiles se elevaban por encima de las casas del pueblo, habló dispuesta a cambiar de una u otra forma el tema de conversación:
—¡Ahí está la sombría prisión que va a ser nuestra residencia durante todo el mes próximo, querida mistress Wyllys!
—Espero que sea tu aversión por el mar la que te haga exagerar la dureza del trayecto —respondió dulcemente el aya—. El viaje de aquí a Carolina se hace normalmente en menos tiempo.