El corsario rojo

El corsario rojo

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—Vosotros, gentes de mar —dijo—, tenéis en los modales una franqueza tan leal y simpática, que no hay modo de enfadarse. Soy un entusiasta de vuestra noble profesión, aunque sólo conozco de ella los términos. ¡Qué hermoso espectáculo es, en efecto, el de un espléndido barco partiendo las olas con su popa, y arrojándose sobre su surco como un rápido corcel!

—O como una serpiente sinuosa que se alarga sobre sus propios pliegues.

Entonces, como si gozaran de un singular placer en evocar estas imágenes poéticas trazadas por la digna viuda del valiente almirante, empezaron a reír al mismo tiempo de una forma tan escandalosa que la vieja torre parecía moverse. El abogado fue el primero en recobrar la seriedad, pues el joven marinero se abandonaba sin reserva a su alegría.

—Pero éste es un terreno peligroso para otros aunque no para la viuda de un marino —dijo con tono serio en un momento en que se habían moderado sus risas—. La jovencita, que tiene tanta aversión a los molinos, ¡es una hermosa criatura! Parecía ser sobrina de la pretenciosa viuda.

El joven dejó de reír, como si de pronto sintiese la molestia de poner en ridículo a una pariente tan próxima de la bella visión que acababa de aparecer ante sus ojos. Cualquiera que fuesen sus pensamientos, se contentó con responder:


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