El corsario rojo
El corsario rojo —Lo ha dicho ella misma.
—Y, dÃgame —replicó el abogado, acercándose a su compañero como si tuviera que revelarle algún secreto importante—, ¿no nota algo extraordinario, algo que habÃa en el corazón, en la voz de la dama que llamaban Wyllys?
—¿Lo ha notado usted?
—Me parece oÃr las palabras de un oráculo, las voces puras de la verdad. ¡Qué voz tan dulce y persuasiva!
—Confieso que ha ejercido sobre mà cierta influencia, y hay algo que no sé explicar.
—¡Esto tiene encanto! —replicó el abogado paseándose a grandes pasos por la torre, y el más leve atisbo de ironÃa habÃa desaparecido de su rostro, tomando un aspecto pensativo y soñador. Su compañero parecÃa poco dispuesto a interrumpir sus meditaciones; también él estaba entregado a tristes y ensoñadores pensamientos. Por fin el primero, salió de su actitud en el modo brusco que le era habitual. Se acercó a una ventana y llamando la atención de Wilder hacia el barco que estaba en la bahÃa, le preguntó sin más preámbulos—: ¿Tiene ese barco algún interés especial para usted?
—¿Valor especial?, es el barco que todo ojo de marino desea contemplar.
—¿Quiere probar ir a bordo?