El corsario rojo

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—¿Y merece más confianza por esta generosidad extraordinaria?

—Júzguelo usted —dijo el abogado poniendo un pie en la escalera y empezando a bajar—. Estoy, literalmente, rompiendo las olas con mi popa —afirmó, descendiendo con cuidado, cuando no se veía más que su cabeza y parecía sentir un gran placer al pronunciar estas palabras con un énfasis particular—. Adiós, amigo mío; si no nos volvemos a ver, le recomiendo que no olvide nunca las ratas de la torre de Newport.

Diciendo estas palabras desapareció, y poco después estaba en tierra. Volviéndose luego con una serenidad imperturbable, golpeó con el pie la escalera, la derribó y quitó de esta forma el único medio de descender. Miró entonces a Wilder, que no podía adivinar su intención, le saludó familiarmente con la mano, le volvió a decir adiós y se alejó con paso rápido.

«¡Qué comportamiento más extraño!», se dijo Wilder, que se encontraba así prisionero en la torre. Tras asegurarse de que no podría saltar sin peligro de romperse una pierna, corrió a la ventana para reprochar a su compañero su perfidia, o mejor, para asegurarse si realmente le abandonaba de esa manera. El abogado ya no podía oír su voz, estaba muy lejos, y antes de que Wilder tuviera tiempo de decidir qué iba a hacer, él ya había atravesado los suburbios del pueblo y había desaparecido por detrás de las casas.


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