El corsario rojo

El corsario rojo

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Durante todo este tiempo ocupado por los acontecimientos que hemos contado, Fid y el negro habían seguido haciendo honores a su saco de provisiones junto al seto donde los habíamos dejado. A medida que el apetito del primero se calmaba, su gusto por la didáctica le parecía mayor, y en el momento en que Wilder se encontraba abandonado en la torre, él estaba muy ocupado en dar al negro una conferencia sobre algo muy delicado: el modo de comportarse en sociedad.

—Mira, Guinea —dijo terminando—, para manejar bien una tripulación, hay que prepararlo todo y largarse en seguida a toda vela, como Nightingale, que es mejor estar en la taberna que en una borrasca; tú no tenías que haberte venido precisamente cuando podías apoyar mi argumento ante todos los que estaban en la taberna, pero no, me abandonaste, y ahora, ¿quién va a ser el cocinero que mate el puerco del vecino?, ¿y quién…?

—¡Señor! ¡Señor Fid! —gritó el negro—, ¡ser el amo Harry, con la cabeza sacada por la escotilla, allí, abajo en el faro; él gritar como si tener una bocina!

—Sí, sí, ¡habría que verle dirigir una maniobra! Tiene una voz que retumba como un cuerno, cuando tiene ganas de hacerse oír. Pero ¿por qué diablos pondrá en marcha las baterías de esa vieja torre desmantelada?


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