El corsario rojo
El corsario rojo Como Dick y el negro se habÃan dirigido hacia la torre con toda la rapidez posible al oÃr a Wilder, no le habÃan escuchado. Aquél, con tono seco y enérgico de oficial de marina que está dando órdenes, les dijo que colocaran la escalera. Cuando se vio en libertad, preguntó en tono bastante expresivo si habÃan visto en qué dirección se habÃa ido el extranjero de la levita verde.
—¿Quieres decir el individuo con botas, que, sin que nadie lo llamase, querÃa entrar en la conversación, allà abajo en el muelle, al otro lado de esa casa, en lÃnea recta de la chimenea nordeste con el palo de mesana del barco que está en la bahÃa?
—Exactamente.
—Tomó viento oblicuo hasta doblar este hórreo, y luego viró de bordo y se puso a singlar hacia el sudeste, deteniéndose en alta mar, y, atando las bonetas, pues iba excesivamente encorvado.
—Seguidme —exclamó Wilder, lanzándose en la dirección indicada, sin detenerse más tiempo a escuchar las explicaciones técnicas del marinero.