El corsario rojo
El corsario rojo —No hubo error —respondió Fid, dejando suspendidos los remos y pasando la mano por sus cabellos, como si estuviera contento por lo que habÃa hecho—; lo hice a sabiendas. Guinea está en la barca que ha alquilado; pero es un precio muy alto el que usted pagó, como le dije en su momento; y tengo por principio, ya que más vale tarde que nunca, dar una mirada a todas las embarcaciones. Si no le traigo el mejor velero de todos, puede decirme que no sé nada de barcos; y sin embargo el párroco le podrÃa decir, si estuviera aquÃ, que mi padre era un constructor de barcos, sÃ, y jurarlo también, siempre que se le pagara bien por ello.
—Bribón —dijo Wilder con coraje—, me obligarás un dÃa u otro a darte tu merecido. Dejad la barca en el lugar de donde la cogisteis, y amarradla como estaba.
—¡Darme mi merecido! —repitió Fid con voz firme—; eso serÃa echar por tierra sus esperanzas, amo Harry. ¿Qué harÃan —preguntó— Escipión y usted si yo me fuera? Seguro que no serÃan gran cosa. ¿Y además ha pensado cuánto tiempo llevamos juntos?
—SÃ; sin embargo es posible, incluso, romper una amistad de veinte años.