El corsario rojo

El corsario rojo

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La noche del día en que comienza nuestra historia, el pueblo de Newport estaba, a las diez, tan tranquilo que parecía que no viviera nadie en él. No había ningún vigilante nocturno, por la sencilla razón de que no existían ladrones, ya que el vagabundeo no era conocido aún en las provincias. Cuando Wilder y sus dos compañeros se pusieron a esa hora a recorrer las calles desiertas, las encontraron sepultadas en el mismo silencio que podrían tener si jamás hombre alguno hubiera pasado por ellas. No se veía ni una luz, ni señal alguna que indicase que era un pueblo habitado. En vez de llamar a las puertas de las posadas para que les abrieran sus dormidos dueños, nuestros aventureros se dirigieron directamente a la orilla del mar; Wilder marchaba el primero, Fid le seguía después, y Escipión, según la costumbre, iba a la retaguardia con su habitual aspecto de humildad.

Cerca del agua, encontraron unos pequeños botes amarrados al muelle vecino. Wilder dio órdenes a sus compañeros, y fue al lugar en que debía embarcarse. Después de esperar algún tiempo, vio que dos barcas llegaban a la vez; una la conducía el negro y la otra Fid.

—¿A qué viene esto? —preguntó Wilder—; ¿no había suficiente con una? Ha habido una equivocación.


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