El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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La imbecilidad de sus líderes militares de ultramar, así como la desafortunada falta de vigor de sus autoridades domésticas, habían rebajado el talante de Gran Bretaña, hiriendo el orgullo que habían forjado las habilidades y el empuje de sus antiguos guerreros y hombres de estado. Habiendo dejado de ser temida por sus enemigos, sus servidores rápidamente perdieron la confianza que confiere la autoestima. En medio de esta mortificante decadencia, los colonos, aunque libres de culpa de tal imbecilidad, así como demasiado humildes como para ser los autores de tales fallos, no fueron más que participantes naturales. Recientemente habían comprobado cómo un ejército selecto, procedente de ese país que reverenciaban como su madre patria, y al cual creían invencible —un ejército mandado por un jefe elegido de entre una multitud de guerreros instruidos, dados sus notables talentos militares—, fue deshonrosamente vapuleado por un puñado de franceses e indios, únicamente salvado de la aniquilación gracias a la sangre fría y el aplomo de un muchacho virginiano, cuya fama, firmemente apoyada en la verdad moral, más tarde llegaría a alcanzar los más lejanos confines de la cristiandad[2]. Una ancha frontera había sido dejada al descubierto por este desastre inesperado, y una serie de males más concretos fueron precedidos por un millar de peligros imaginarios. Los colonos, alarmados, tenían la sensación de que los gritos de los salvajes se entremezclaban con cada soplo de viento huracanado que provenía de los bosques del oeste. El temible carácter de sus despiadados enemigos incrementaba inconmensurablemente los ya lógicos miedos producidos por un estado de guerra. Las innumerables matanzas recientemente acontecidas aún se conservaban nítidamente en sus recuerdos; tampoco hubo oídos tan sordos como para no haber escuchado con avidez alguna historia espeluznante acerca de asesinatos a medianoche, en que los nativos de los bosques aparecían como los principales actores de la barbarie. Mientras el agitado y crédulo caminante relataba los azarosos peligros de la tierra salvaje, la sangre de los apocados se congelaba de terror, y las madres miraban con preocupada ansiedad incluso a esos niños que dormían dentro de los seguros recintos de las grandes urbes. En pocas palabras, el influjo magnificador del miedo comenzaba a anular los cálculos de la razón, haciendo que aquellos que debían recordar su hombría cayesen víctimas de sus más bajas inclinaciones. Incluso los corazones más fuertes y confiados empezaban a pensar que el posible balance de la contienda se tornaba dudoso; y se acrecentaba cada hora el número de abatidos que creía ver todas las posesiones de la corona inglesa en América sometidas por sus contrincantes cristianos o asoladas por las incursiones de sus incansables aliados.


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