El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Entonces, cuando al fuerte que cubría el extremo sur del acceso entre el Hudson y los lagos llegó la información de que se había avistado a Montcalm ascendiendo por el Champlain, con un ejército «tan numeroso como las hojas de los árboles», tal verdad fue reconocida más con la desquiciada vacilación propia del temor que con la firme alegría que debe sentir un guerrero ante la proximidad de un enemigo que se encuentra al alcance de sus golpes. La noticia había llegado al atardecer de un día de mediados de verano, por medio de un mensajero indio que portaba además una petición urgente de parte de Munro, comandante de una obra a orillas del «lago sagrado», para que se le enviase una rápida y poderosa partida de refuerzos. Ya hemos dicho que la distancia que mediaba entre estos dos puestos era de menos de cinco leguas. El rústico camino que en un principio establecía la línea de comunicación entre ambos había sido ensanchada para facilitar el paso de carruajes; de manera que la distancia cubierta en dos horas por el hijo de los bosques, podría ser superada por un destacamento de tropas, con todos sus pertrechos, entre el amanecer y la puesta de un sol de verano. Los leales servidores de la corona británica le habían dado el nombre de William Henry a una de estas fortificaciones del bosque, y al otro el de fuerte Edward; llamándolos a cada uno en honor a sendos príncipes de la familia real, los cuales gozaban de su favor. El veterano escocés al que acabamos de aludir tenía bajo su mando al primero de ellos, dotado de un regimiento de fuerzas regulares y algunos exponentes de las provinciales; en realidad, una dotación excesivamente pequeña como para hacer frente a la formidable masa armada que Montcalm guiaba hasta el pie de sus terrosas laderas. En el segundo, sin embargo, se encontraba el general Webb, quien mandaba los ejércitos del rey en las provincias norteñas, gozando de una fuerza de más de cinco mil hombres. Si lograse unir los numerosos destacamentos bajo su control, este oficial podría haber agrupado casi el doble de número de combatientes contra el beligerante francés, el cual se había valido hasta ahora de sus refuerzos con un ejército tan sólo ligeramente superior en número.