El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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La persona de este individuo, aunque desgarbada hasta en el más mínimo detalle, carecía de cualquier defecto particular. Tenía intactos sus huesos y articulaciones, como otros hombres normales, pero las proporciones de los mismos eran diferentes. Erguido, su estatura sobrepasaba la de sus semejantes; aunque sentado aparentaba el mismo tamaño que el resto. Las mismas contrariedades de sus miembros parecían darse en toda su corporalidad. Su cabeza era grande; sus hombros encogidos; sus brazos largos y pesados, mientras que sus manos eran pequeñas, o incluso delicadas. Sus piernas y muslos eran delgados, casi asténicos, pero de una longitud extraordinaria, y sus rodillas podrían considerarse tremendas, si no fuera porque quedaban incluidas dentro de unos fundamentos todavía mayores, sobre los que, de modo tan profano, se sustentaba esta falsa estructura amalgamada de componentes humanos. El atuendo tan mal combinado y poco juicioso que vestía el individuo tan sólo servía para recrudecer su ya de por sí torpe aspecto. Una trenca de color azul cielo, muy acampanada y corta, provista de una capa drapeada, revelaba un cuello largo y delgado, así como unas piernas que lo eran aún más, hasta el extremo de lo ridículo. El pantalón que llevaba debajo era de color amarillo anaranjado, muy ceñido, y sujeto a la rodilla por medio de grandes nudos de ribeteado blanco, muy manchado por el uso. Completaban la vestimenta de sus extremidades inferiores unos calcetos de algodón mancillados, y zapatos, uno de los cuales mostraba una espuela plateada, sin que su dueño hiciera ademán alguno por disimular ninguno de estos elementos sino, muy al contrario, más bien por exhibirlos en actitud vanidosa, cuando no ingenua.


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