El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Debajo de la solapa de un enorme bolsillo de un sucio chaleco estampado, muy ornamentado a base de bordeados en plata ya desgastados, se proyectaba un instrumento que, al ser visto en un ambiente de corte militar como aquél, bien podría haberse tomado por algún siniestro y desconocido aparejo de guerra. Aunque pequeña, esta extraña máquina había despertado la curiosidad de la mayoría de los europeos del campamento, aunque muchos de los provincianos lo manejaban no sólo sin miedo, sino con la mayor naturalidad. Un sombrero civil de gran tamaño, como los que emplean los clérigos desde hace treinta años, colmaba la totalidad, aportándole dignidad a una expresión un tanto vacía, la cual parecía necesitar de esa ayuda artificial para soportar el peso de alguna extraordinaria e importante encomienda.
Mientras la mayoría de los concurrentes se mantenía lejos de las inmediaciones de las estancias de Webb, el personaje que acabamos de describir se introducía plenamente en el área, expresando con total libertad las opiniones que le merecían, tanto negativas como positivas, los caballos y sus atributos, de acuerdo con su juicio particular.