El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Este animal, a mi modo de ver, amigo, no ha sido criado en esta tierra, sino que proviene de algún país extranjero, ¿o quizá sea de esa pequeña isla al otro lado del océano? —dijo con una voz tan notablemente suave y dulce como desproporcionada era su persona—. Puedo hablar de estas cosas sin pecar de exagerado, ya que he estado en ambos puertos, tanto el que está situado en la boca del Támesis, nombrado en honor de la capital de la vieja Inglaterra, como el que también se denomina «Haven», pero habiéndosele añadido la palabra «New»; y he visto a los bergantines cargando sus rebaños, como lo hiciera el arca de Noé, dirigiéndose a la isla de Jamaica con el propósito de comerciar y hacer negocio con los animales cuadrúpedos; pero nunca antes había contemplado una bestia que encarnara el verdadero caballo de batalla de las escrituras como lo hace éste. «Galopaba en el valle, y se regocijaba de su fuerza: iba a encontrarse con los hombres armados. Decía entre el sonido de las trompetas, «¡Hi, hi!; y olía la batalla desde lejos, el tronar de los capitanes, y los gritos». Justo parece que la raza del caballo de Israel ha llegado hasta nuestros días; ¿no le parece, amigo?