El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Al no recibir respuesta su extraordinaria observación, la cual, en verdad, fue emitida con el vigor de un tono fuerte y sonoro, el que así había expresado el lenguaje del libro sagrado miró hacia la figura silenciosa a la cual se había dirigido involuntariamente, y se encontró con un motivo de admiración aún mayor en aquello que vieron sus ojos. Su mirada se fijó en la forma rígida, quieta y erguida del «mensajero indio», quien había traído las desagradables noticias al campamento la noche anterior. Aunque se encontraba en un estado de reposo total y parecía, por su estoicismo característico, hacer caso omiso a toda la intensa actividad que le rodeaba, había una taciturna fiereza en el silencio del salvaje que podría fácilmente captar la atención de ojos más experimentados que aquéllos que ahora le observaban sin disimular su asombro. El nativo portaba el tomahawk —hacha de guerra— y el cuchillo propios de su tribu; y aún así su apariencia no era la de un guerrero al completo. Por el contrario, había un aire de negligencia en él, parecido al que provendría de un gran esfuerzo reciente del que aún no hubiera podido recuperarse del todo. Los colores de la pintura de guerra se habían entremezclado de modo confuso sobre su fiero semblante, haciendo que sus rasgos oscuros resultaran todavía más salvajes y repulsivos por ese embadurnado casual que por los trazos inicialmente marcados. Solamente su mirada, la cual brillaba como una estrella llameante entre nubes bajas, era digna de contemplarse por su extremado salvajismo nativo. Durante un único instante, esa mirada, cansada y a la vez alerta, se dirigió al gesto atónito de su interlocutor, para luego volverse y quedar fija, con una actitud tan despectiva como astuta, como si penetrara el aire a gran distancia.